Pausa y escape.
En 8 minutos se pueden hacer muchas cosas. Caminar un par de cuadras, fumar un caño, tomar un café. O simplemente arrancarse . Y respirar.
El día da lo mismo. Puede haber sido un lunes, jueves o sábado. Lo que importa es que es un día de verano y es temprano en la mañana. Salgo de la pieza, camino por el pasillo y voy hasta el comedor. En la cocina, la Mami le echa un palo al fuego y vacía la leche en un jarro para hervirla. Sigo al comedor donde está la tía Maruca escuchando la radio Centenario. Corro el paño blanco que cubre la mesa, y destapo mantequilla fresca, tortilla y alfajores. Mientras me tomo la leche con milo llega mi Tata, que se sienta a la cabecera, despeja los diarios, toma sus lentes y sintoniza la radio Chilena de Talca.
El otro recuerdo que me dio vueltas en la cabeza toda la mañana, es ir subiendo en el auto la loma anterior al Liceo Agrícola, cuando mi mamá llevaba las joyas para venderle a las colegas de mi papá. Siempre me gustó revisar esas cajas azules con broches dorados llenas de aros, pulseras, anillos, que guardaba celosamente en una bolsa blanca junto a los catálogos de Joyas Arenas.
Apenas llegábamos, quería recorrer todos los rincones de ese enorme colegio. La cancha, la carnicería, el alto en que estaba la Biblioteca. Hasta las chancherías tenían su encanto. El sitio era enorme, y a todas partes que iba todos me saludaban y mimaban. Todos me conocían: yo era “Pancho chico”.
Por la entrada, había una tinaja, rodeada por cardenales. Al lado estaba la casa colonial donde vivían las monjas, que tenía varios patios llenos de flores, y eran un sitio privilegiado al que sólo podía pasar con mis papás.
Los ataques de nostalgia no tiene fecha, ni hora para llegar. Me recuerdan que que tengo una historia, un pasado. Que estoy vivo.